Tratamiento exitoso de esquizofrenia y autismo (LSD y psilocibina)

La investigación descrita aquí fue el resultado del uso del LSD y la psilocibina como tratamiento a niños afectados severamente, la gran mayoría de ellos diagnosticados con esquizofrenia o autismo infantil. El trabajo se llevó a cabo entre los meses de Abril de 1962 a Junio de 1963 en una institución psiquiátrica estatal, en Long Beach, California. La edad de los niños variabla desde los cuatro años y diez meses, a los doce años y once meses. Se realizó un número total de sesenta y ocho sesiones, cada una con una duración de entre ocho y doce horas. Doce niños fueron tratados y el número de tratamientos por niño varió de una sesión a dieciséis. La dosis de la droga varió de 50 a 400 microgramos de LSD y de 10 a 30 miligramos de psilocibina. Una combinación de ambas drogas fué usada frecuentemente, y la combinación usual fué de 10 miligramos de psilocibina con 200 a 300 microgramos de LSD. El trabajo con los niños siguió el modelo de Hubbard que fue descrito por Biewett y Chwelos en su monografía: Manual Para El Uso Terapéutico Del LSD-25: Procedimientos Individuales y de Grupo. El autor hizo su formación con Chwelos, a principios del 1959.


Hipótesis
La hipótesis de trabajo para este estudio es que la psicosis es un sistema defensivo masivo de represión al servicio del individuo para protegerlo de experimentar trauma infantil temprano. La represión es tan masiva que el individuo deja de experimentarse con alguna validez. El individuo existe aislado en un mundo sin sentimientos y este mundo llega a carecer de significado. Uno de nuestros pequeños pacientes nos dijo que el vivía en un mundo de “no nada”. Se hipotetizó que las sustancias psicodélicas podían romper las barreras de esta represión masiva en donde el niño podría re-experimentar estos eventos traumáticos y dejar ir el dolor ligado a estas experiencias. Él o ella podrían conocer su propia historia. Mas aún, a través de experimentar atención amorosa de parte del personal en un ambiente de aceptación total, el niño podría comenzar a experimentarse como una persona valiosa y positiva. El grupo consistió de un psiquiatra (que prefirió no experimentar con LSD, pero que era responsable médicamente de la investigación), cuatro graduados en psicología y tres enfermeros técnicos en psiquiatría. El autor actuó como terapeuta líder de este grupo. Para cada sesión había usualmente tres o cuatro personas, relevándose unos a otros a través del día, ya que las sesiones eran extremadamente intensas y requerían mucha participación activa del grupo. Todos en el grupo experimentaron con LSD y la psilocibina, como es una práctica aceptada para que se pueda entender lo que les sucedía a los niños, considerándose que uno tiene que tener una experiencia personal con estas substancias. Al progresar el trabajo surgió la idea de que una persona del staff se convirtiera en la terapeuta personal para cada paciente. Cada sesión era grabada continuamente con todas las verbalizaciones y el comportamiento del paciente. Además de tomarse tiempo con el paciente durante el tratamiento, un programa total tuvo que ser desarrollado para cada paciente, y ese programa se comunicaba a todo el personal del hospital para tener consistencia con el tratamiento terapéutico. Tuvimos mucho cuidado de incluir personal del hospital que no eran parte del tratamiento en el proceso progresivo de cada paciente, y asegurar su cooperación para desarrollar una actitud consistente. Tan pronto como el personal de hospital comenzó a ver los cambios radicales que estaban ocurriendo en los niños, ellos se preocuparon y apoyaron mucho en el cuidado de cada uno de los pequeños pacientes.

Condiciones
El estado en que estos niños vivían era un pandemonio constante. El hospital hospedaba a sesenta niños de edades entre cuatro y doce años que eran los pequeños con daños más severos entre una población mas amplia del hospital. Existía un constante comportamiento destructivo, peleas y gritos. Muchos niños tenían un comportamiento destructivo hacia el medio y hacia unos a los otros, hacia el personal y hasta a si mismos. La obligación primaria del personal era el control de daños. El nivel de ruido era siempre elevado, ya que la mayoría de los niños eran extremadamente hiperactivos y chillones. Otros niños eran muy retraídos, dedicados a movimientos repetitivos y cuando se les interfería respondían contra el intruso. Había muy pocos juegos interactivos o paralelos, y los juguetes y materiales que llegaban al hospital eran muy pronto destruidos. Había excrementos embarrados y orines por todos lados, lo que era un constante problema. El medio ambiente no era definitivamente favorable a una buena salud mental.

Nuevo Comportamiento
Después de nueve meses de programa y cincuenta y ocho sesiones de tratamiento durante este período, se decidió continuar el programa con cinco pacientes de los doce originales. Los niños que se dieron de baja del programa eran caracterizados por falta de habla y autismo infantil, y eran los que menos respondían al tratamiento. Eran extremadamente retraídos y no tenían ninguna habilidad para relacionarse con otros niños o con adultos. A pesar de sus severas limitaciones, todos ellos tuvieron una marcada respuesta al tratamiento.
Durante las sesiones, los niños que posteriormente abandonaron el programa, reaccionaron con poca respuesta, aunque algunos sí se mostraron hiperactivos y obviamente tuvieron algunas experiencias sensoriales, así como mayor interacción con el personal. Una niña tuvo una reacción prolongada de miedo. Cambios marcados ocurrieron en los días siguientes a las sesiones. Mostraron mucho más interés en sus relaciones con el personal, se vieron animados y juguetones y mucho menos retraídos. Una niña mostró frustración extrema al no poder expresarse verbalmente y comunicarse, ya que no había desarrollado un lenguaje. La más pequeña (cuatro años) y la menos desarrollada trató de llevar a un miembro del staff al cuarto donde se llevaban a cabo las sesiones. Todos tenían interés en hacer contacto físico con el grupo de tratamiento y un niño muy autista demandó que lo abrazaran. Todo esto era un nuevo comportamiento para estos niños. Consecuentemente todos tuvieron cambios de actitud pero su potencia¡ para relacionarse con otros pacientes era mucho más limitado y nuestro tiempo para tratarlos, desgraciadamente, era realmente limitado.
Entre los niños con los que el tratamiento fué descontinuado, una niña de nueve años progresó tanto que fué capaz de asistir a la escuela pública durante el día y regresar al hospital en las tardes. Sentimos que mejoró suficientemente, funcionaba satisfactoriamente en el sistema escolar y pensamos que mas tratamiento no era crucial. Patty era la única paciente que no era psicópata. Respondió a los tratamientos más rápidamente que otros pacientes mas severos. Un pequeño sumario de su tratamiento ayudará a ilustrar el trabajo.

La Primera Sesión de Patty
Pata tuvo tres sesiones en un período de tres meses. La dosis para las sesiones fueron: 100 microgramos de LSD; 100 microgramos de LSD con 10 miligramos de psilocibina, y 200 microgramos de LSD. Ella fue hospitalizada por su inhabilidad de vivir con normalidad en el hogar, en la escuela y en la comunidad. Su comportamiento fluctuaba entre estar retraída y poco comunicativa a muy agresiva y sádica hacia otros niños. Robaba comida y otros objetos de otros niños, variaba su actitud y tenia reacciones violentas de temperamento y tenía que ser retenida físicamente y puesta en aislamiento. A pesar de que su coeficiente intelectual era de 72, su baja sociabilidad parecía ser causada por problemas severos de personalidad, pero era estimado que su potencial era casi normal. Durante la primera sesión ella se estuvo las siete horas que duró regresando a un estado infantil de la fase oral. Incesantemente repetía “tengo hambre” y cuando se le preguntaba que quería comer, ella no respondía, sólo replicaba que tenía hambre. Durante la sesión entera masticaba y chupaba sus ropas, sus dedos, sus brazos y cualquier cosa o persona que podía alcanzar. Se le dio una mamila vacía con algodón adentro del chupón y chupó y mordió este por horas. Era claro que ella trataba de lograr nutrirse de cualquier cosa a su alcance.
Durante esta primera sesión un miembro del staff se sentaba con ella, tomándole la mano o el brazo y abrazándola suavemente o acariciándola. Le dimos masaje constantemente. Por cerca de 2 horas ella mordió agresivamente el chupón, jalándolo y retorciéndolo. Finalmente pareció agotada y no comunicativa por casi una hora. En las últimas etapas le tomó la mano a una persona y sonrió suavemente sin hablar. Parecía que estaba teniendo un genuino contacto interpersonal.

La Segunda Sesión

Al mes siguiente del tratamiento Patty estaba mucho mas tranquila y no quería hablar mucho acerca de la primera sesión. Durante la segunda sesión estuvo mucho tiempo chupando la mamila, pero esta vez pidió leche, lo que le concedimos. Luego entró en un estado de pánico y habló acerca del miedo que sentía de ser rechazada por sus padres. Ella insistió que llamaremos a sus padres inmediatamente para que vinieran a llevársela a su casa. Estaba extremadamente ansiosa de que pudiera ser abandonada por sus padres y una vez dijo con tristeza acerca de su madre “ella no me ama”. Después de tres horas de constante lucha concerniente a su relación familiar y su agitación severa sobre el rechazo de sus padres, se tranquilizó por un tiempo. Entonces chupo la mamila y cuando se la sacó de la boca se puso a repetir “me aman, me aman”. Después de cuatro horas dijo: “yo amo a mi madre, a mi padre, a mis hermanos y hermanas, nunca había sentido esto antes, los amo”. Dijo que nunca se sintió amada y que el sentimiento de ser amada y sentir amor que ahora experimentaba era nuevo para ella. Luego estuvo en un estado que se puede describir como de trance profundo. Completamente quieta sin ningún movimiento, no respondía a ningún estímulo táctil o verbal. Finalmente salió de ese estado y comenzó a sonreír pero se mantuvo sin responder ningún comentario que le hicimos. Después de una hora se levantó y quiso ir afuera a caminar. Estaba feliz y sonriente y en ocasiones reía fuertemente.
Después de esta sesión Patty era mucho mas amable, su comportamiento cambió grandemente y sus arranques de furia cesaron y estaba relajada y contenta. Ella interactuó con nueva madurez hacia el personal y comenzó una muy positiva relación (parecía adoración de adolescente) con uno de los estudiantes de psicología. Pasaban mucho tiempo juntos.

La Tercera Sesión

La tercera sesión, dos meses después, estuvo caracterizada por más comportamiento oral regresivo. Pidió la mamila con leche y se pasó dos horas mordiéndola, chupándola y tratando de tragarse toda la botella, pero no mostró desesperación. Parecía como si estuviese jugando con la mamila, disfrutándola y estaba quieta y contenta. Chupó por mucho tiempo y cayó en un estado pacífico y tranquilo, relajada completamente, sonriendo con los que la cuidaban cuando hacían contacto visual. Quería estar callada y nosotros estuvimos callados también – tocándola, abrazándola, tomando su mano cuando ella lo pedía. Respondió a la estimulación visual, cuando observó a una rosa con delicia y asombro. Disfrutando de la atención y afecto del personal.
Otra vez, siguiendo la sesión se portó muy madura, interesada en relacionarse con adultos y quería ir a la escuela con los niños de su edad. Sus arranques de ira y su comportamiento de robo cesaron completamente. Se sintió que estaba lista para la escuela fuera del hospital. Estaba muy entusiasmada acerca de su situación y no tuvo mas recaídas.

Timmy

Un niño de diez años, severamente autista que continuó en el programa más como un reto, ya que se resistía mucho a abandonar sus defensas psicóticas. Se le dieron diez sesiones en un período de seis meses, con dosis hasta de 400 microgramos de LSD. Antes del tratamiento estaba muy ensimismado, repetía unas pocas frases y mostraba posturas repetitivas catatónicas. Su único contacto con la gente era mirar a la altura de los hombros como si estuviera viendo donde se unían los brazos. No permitía que lo tocaran y no interactuaba para nada excepto para atacar a otros niños si se acercaban y lo tocaban. Las sesiones de su tratamiento se caracterizaron por agitación, miedo, pánico y ansiedad. Ocasionalmente se podía relajar y permitía al personal que lo abrazara, sobara y alimentara. Tenía largos periodos donde el estaba totalmente desconectado del medio ambiente que lo rodeaba. Durante una de las sesiones posteriores, después de dos horas de estar fuera de contacto, se sentó rápidamente, sus ojos se abrieron con sorpresa y murmuró, “Vi a Dios”. Durante las últimas sesiones evidenció un vocabulario mucho mas amplio y abandonó su glosolalia y hablar repetitivo.
Las primeras sesiones de Timmy estuvieron dedicadas a morder, masticar y a comportamiento agresivo oral. Observamos que todos los pacientes evidenciaban extrema ira oral. En las sesiones avanzadas los pacientes trataban de comernos y a todo lo que los rodeaba como para llenar el vacío que sentían. Aunque no fuimos testigos de un comportamiento que pudiese ser identificado como resolución de conflictos durante las sesiones, su comportamiento tuvo un marcado cambio.
Sus ataques físicos cesaron y el comenzó a relacionarse con otros niños de su edad así como al personal. Quería hacer contacto físico, llegó a ser juguetón y se divertía mucho. Sus padres comenzaron a llevarlo a casa los fines de semana y repetidamente nos decían lo asombrados que estaban por la mejoría mostrada.

Jenny

Esta niña de nueve años tuvo ocho sesiones durante un período de seis meses. Tenía buena habilidad verbal. Su comportamiento era impulsivo, errático e impredecible. Era regularmente muy agresiva contra todos los niños, especialmente los muy pequeños, los atacaba viciosamente sin ser provocada. Cuando los atacaba no mostraba ningún sentimiento asociado con ira o venganza. Hablaba mucho, y trataba de comer cualquier cosa que obtenía, incluso objetos no comestibles. Ella se mostraba sexualmente atraída por los hombres adultos. Socialmente estaba muy aislada, no participaba con otros y mostraba una pronunciada inhabilidad para tener relaciones significativas con alguien, ya fueran niños o adultos.
Las sesiones de Jenny se caracterizaban por aliviar su trauma de haber sido violada sexualmente y su miedo y alarma, y su ambivalencia sobre la atención que se le proporcionaba. Regresó a su infancia temprana y dió repetida evidencia de su necesidad por su madre, y su enojo por no haber tenido cariño (los dos padres eran alcohólicos). Ella era muy agresiva verbalmente y tenía que ser sujetada en gran medida ya que su enojo lo expresaba mordiendo, arañando, pellizcando, pateando y atacando al personal. En muchas ocasiones actuaba sin mostrar ningún afecto, otras veces gritaba y era muy difícil entrenaría para el retrete y había mucho juego de poder relacionado con este evento. En sesiones posteriores Jenny empezó a estar mucho mas estable y comenzó a expresar su odio por hombres y mujeres y decía que quería matar bebes y niños. Cambios en su comportamiento en el hospital se nacieron significativos. Se hizo mucho mas afectiva y desarrolló una relación amistosa con otra paciente, una niña de doce años. Su comportamiento errático y agresivo hacia otros niños acabó completamente; se interesó mucho en diferentes actividades con su amiga e interactuaba con el personal adulto. Empezó a verse a si misma como más madura y se sentía bien con su nueva identidad. Comenzó a ir a la escuela y era capaz de funcionar satisfactoriamente. Los cambios fueron notorios y comenzó a comportarse de forma más estable, dejando de ser un problema.

Stevie
Este niño de nueve años, muy pequeño; tuvo un total de tres sesiones en un periodo de diez meses. Antes del tratamiento Stevie era completamente retraído y aislado y no respondía a nadie. Experimentaba extrema catatonía. Se volvía destructivo y asaltaba especialmente a niños mas pequeños e indefensos. Durante ese tiempo tenía que ser puesto en camisa de fuerza y recluido. Nunca hablaba con nadie, no hacía contacto visual y vivía exclusivamente en su propio mundo. Lo que era único en las experiencias psicodélicas de este niño, era su habilidad de disfrutar de experiencias sensoriales que son más comúnmente sentidas por personas normales. Durante las dos primeras horas él se deleitaba con las experiencias visuales y auditivas y constantemente comentaba acerca de lo que estaba sintiendo. Pronto descubrimos que Stevie tenía un vocabulario extenso el cual nunca usaba en su estado normal. El decía cosas como: “la música está siguiendo los diseños”, se reía y decía “Amo los diseños, diseños de corazón, ahh, que bella dama, una casa llena de cambios”. Rítmicamente movía su cuerpo con gracia siguiendo la música. El se puso extremadamente animado, sonriendo, algunas veces a carcajadas y parecía muy encantado con sus experiencias. La larga duración de este tipo de reacción era muy poco usual en estos niños. El también se ponía muy quieto y en paz, radiando una serena tranquilidad que es notoria en personas que están experimentando un estado trascendental. Luego de las primeras sesiones se entusiasmaba cuando le decían que tendría otra sesión. Corría al cuarto de tratamiento y participaba preparando el cuarto, poniendo las cosas que normalmente traíamos, típicamente: fruta, galletas, flores, discos, etc. Cuando el cuarto estaba listo, el cogía un trapo y lo ponía en agua fría y luego se cubría los ojos con el, un ritual que frecuentemente empleábamos para lograr que los pacientes se interiorizaran. Entonces quería que comenzara la música. Actuaba como una persona normal preparándose para una sesión.
En la segunda fase, el exhibió una conducta agitada, de conflicto y miedo. Se comportó de muchas maneras y expresó diferentes emociones, mordiendo y escupiendo, sudando profusamente y actuaba extremadamente hiperactivo, así como con comportamiento destructivo y con retraimiento catatónico. Tenía diálogos prolongados con dos o mas personas, evidenciando conflicto entre su madre, su padre y consigo mismo. Había mucho contenido sobre genitales y ano en su conversación, con interminables repeticiones acerca de “Mierda, orines, penes, muerte, corazones negros, vómito, senos negros, diarrea negra, mastícala, miedo, quema, duele”. Interrumpía estos diálogos yendo al baño, parándose enfrente al escusado, girando varias veces y entonces orinaba y cuando terminaba, repetía el procedimiento veinte o treinta veces. Después de tres a cuatro horas, totalmente agotado, le permitía al personal sentarse con el, tocarlo y abrazarlo, darle de comer y nutrirlo. Momentos de calidéz ocurrían con estos pequeños pacientes. Al final de una sesión un encargado masculino que estaba sentado con Stevie, tomando su mano, y Stevie abriendo los ojos le dijo “¿Me hablarás David?”, David dijo “Si Stevie, pero no sé que decir”, a lo que Stevie replicó “Sólo háblame con los ojos”. Esto viniendo de un niño que en su estado usual era catatónico y destructivo. Muy a menudo no teníamos idea de cómo interactuar con los niños cuando estaban obviamente en su pasado luchando con los demonios de su temprana niñez. No estaban conscientes de nuestra presencia y a menudo lo mas que podíamos hacer era sentarnos con ellos. Cambios notorios ocurrieron con este niño. El comenzó a relacionarse con el personal y quería ser tocado y abrazado. Su comportamiento destructivo y maníaco desapareció y comenzó a tratar con niños de su edad y mas grandes y estableció una buena amistad con otro de los chicos del programa, llegaron a ser buenos amigos. Se puso muy bien y pudo asistir a la escuela y se desenvolvía muy bien allí. Sus padres estaban muy asombrados de los cambios y comenzaron a visitarlo y luego a llevarlo a casa cada fin de semana. Comenzó a hablar mucho, jugaba con el personal y se comportaba como un niño normal.

Floyd
Este niño de diez años tuvo un total de diez y seis sesiones en un período de once meses. Tenía una historia de total abandono. Su madre era extremadamente narcisista y agitada y no hacía esfuerzos para relacionarse con él. Los dos primeros años de su vida fué confinado a la cuna sin juguetes u otra clase de estímulos. Antes del tratamiento era completamente hiperactivo y agitado, sin querer ningún contacto con otras personas. Pasaba sus días en el jardín completamente interesado viendo pequeños insectos. Cuando no estaba en el jardín, veía dos libros que trataban acerca de insectos. Cuando el personal trataba de interactuar con él, Floyd sólo hacía preguntas repetitivas acerca de los insectos pero no estaba interesado en escuchar las respuestas. Pareciera que estaba alucinando activamente por mucho tiempo. No llevaba a cabo ningún comentario verbal.
En su primera sesión Floyd tuvo una asombrosa respuesta a la droga. A los treinta minutos se notaba que estaba experimentando cambios sensoriales y se relajó y sonrió genuinamente. Lo primero que dijo fué: “¿Que es lo que me hicieron?, él no ha muerto aún”. Viendo las ilustraciones en su libro dijo: “¡No lo estoy haciendo real, no!” Un ayudante preguntó “¿Tu estás vivo, no es así?” a lo que el replicó, “No, no, no, no puedo estar vivo, esto es demasiado bueno”. El volvió la vista atrás y dijo “Ok, no puede ser, apágalo, apágalo, ¿quien lo está haciendo?” Mirando a una ayudante dijo: “Oh Judy, no seas real, no seas real” El tocó a otro ayudante, lo miró a los ojos y dijo “No seas real, no seas real, tengo que salir de aquí. No quiero estar vivo, tengo miedo de mi, apágalo. Tom , no seas real. Ya no soy real. Estoy ciego, no, no, puedo ver” Entonces se relajó, miró al personal y dijo “¿Como es que todos somos lo mismo?” No dijo esto en una manera inquisitiva, más bien como una declaración. Entonces se interiorizó, escuchando la música ensimismándose. Esto duró cinco horas; finalmente se comenzó a dar cuenta del tiempo, se agitó y se puso tenso y comenzó a llorar, dijo tristemente “Quiero estar afuera”. Se mantuvo repitiendo esta frase que interpretamos que significaba que la experiencia estaba terminando y no quería regresar a su mundo aislado. Estos momentos fueron muy dolorosos para nosotros también y no sabíamos como ayudarlo a seguir vivo. Esta experiencia fué única para nosotros ya que Floyd tuvo una respuesta inmediata y fué capaz de dejar su defensa psicotica y se mostró como un ser viviente real.
Durante la siguiente sesión, un mes después, tuvo una reacción similar a la droga. Después de empezar a sentir cambios, preguntó “¿Es esto real, es la música real?” y luego con incredulidad: “¿Somos reales, son los sentimientos lo que lo hacen real?” Se le dijo que los sentimientos son lo que hacen la vida real. Luego repetidamente preguntaba “¿Es esto real?” a lo que contestábamos afirmativamente. Luego se ensimismó y comenzó a chasquear los labios y a hacer muchos movimientos con sus labios y lengua. Luego dijo “Estoy con mi mami y mi papi está aquí también, ¿Porqué no me aman?”. Su hablar entonces se tornó incoherente y permaneció en ese estado por dos horas. Finalmente gritó con desesperación “Quiero salir, quiero ir afuera, quiero salir de aquí. Por favor, por favor, ayúdenme a abrir la puerta, ayúdenme, ayúdenme, yo soy Floyd, soy real, mi pequeño niñito”. Luego miró al personal y dijo “Denme más , denme algo más, for favor den me más”. Al preguntarle “¿Mas de que?”, él dijo “Píldoras, sólo denme más, quiero salir fuera”. Se le dijo que era esencial que él se hiciera real, que las píldoras sólo le indicaban que era real pero que las píldoras no lo harían real, que el tenía que hacerlo por si mismo. Finalmente Floyd se calmó de su agitación y se quedó muy pensativo y triste. Fué a una ventana, miró hacia afuera y dijo para si muy bajito “Fountain View State Hospital, que lugar tan chistoso para regresar a el”. Esto era increíblemente tierno y el personal tenia lágrimas en los ojos. La simpatía que sentíamos por el era profunda, ya que todos habíamos tenido el mismo sentimiento cuando regresábamos de una experiencia profunda a nuestra usual realidad normal.
Las siete siguientes sesiones fueron muy similares unas a otras y marcadamente diferentes de las primeras dos. Estas sesiones se caracterizaron por regresiones a estados previos de su pasado en las que había sido abusado físicamente y amenazado. El repetía las frases, “Seré bueno de ahora en adelante, lo siento, lo prometo, pero no me maltraten, paren, paren, ayúdenme, ayúdenme”. Frecuentemente decía, “Ay, ay, me duele” y trataba físicamente de huir para no ser golpeado. También tenia períodos en que trataba de golpear al personal, a sí mismo contra la pared y pedía que lo dejaran solo. Le dimos una botella para que chupara, la mordió y finalmente la tiró violentamente.
La séptima sesión fué marcadamente diferente ya que no pareció que tuviera regresiones, pero se mantuvo en contacto con el personal aunque se portó muy agresivo y beligerante y sexualmente provocativo. El quería que lo abrazara una mujer, se recargó en su pecho y luego hizo un movimiento agresivo como tratando de morder el seno o golpear su busto. También se trepó en una mujer haciendo movimientos con su cadera y trató de quitarle los pantalones. También se acercó a un hombre con las mismas intenciones sexualmente provocativas, para después tratar de arañarlo y morderle la cara. Corría alrededor del cuarto tratando de golpear a alguien. Gruñía y hacía sonidos guturales, aullaba y se ponía furioso.
Las siguientes tres sesiones fueron muy similares en muchos aspectos ya que actuaba alternativamente con agresiones verbales y su necesidad de hacer las cosas de acuerdo con un buen comportamiento. Una ocasión tomó los dedos de este autor y los chupó, abrió su boca tan grande como pudo y trató de tragarle la mano. Puso su mano en mi hombro tratando de comerme la mano y el brazo. Yo le dije “Tu estás tan vacío que quieres tragarme completamente”. Abrió sus ojos y asintió vigorosamente, afirmando que eso era precisamente lo que quería hacer. También se meneaba de manera seductiva y alternaba entre ser cariñoso con el personal y tratar de mordernos y comernos. En sesiones subsecuentes, se obsesionó con que quería que lo lleváramos a nuestras casas. Verbalizaba esto precisamente diciendo “Estoy muy infeliz aquí, quiero ir a casa, quiero que me lleves a tu casa”. Algunos lo llevaron a sus casas después de alguna sesión y allí invariablemente estaba muy calmado, sereno y feliz de estar allí y se comportaba admirablemente. Era muy afectivo, comía bien, se iba a la cama cuando se le decía y no evidenciaba ningún comportamiento hiperactivo o ansioso. También abandonó toda su preocupación con los insectos y dejó de hacer las preguntas sin sentido. Después de un número de estas visitas a las casas, se pasaba gran parte del tiempo tratando de convencer al personal para que le permitieran vivir con ellos permanentemente. Comenzó a ir a la escuela y funcionaba bien en ella. Desarrolló una relación positiva con su maestro y desarrolló intensas relaciones con tres miembros del staff y quería acaparar su tiempo. Sin embargo, cuando estos estaban con otros pacientes no se comportaba grosero o agresivo con ellos, como lo hacía antes, y esperaba su turno pacientemente. Fue muy doloroso para el personal no poder llenar todas las necesidades de este chico. El empezó a relacionarse con otros niños de su edad aunque prefería estar con el personal que lo atendía. Su retraimiento y comportamiento aislado no recurrió. Atendió a la escuela y se portaba bien en el hospital, siempre tratando de estar con el staff.

Nancy
Esta niña de once años fué la mas difícil de y el mayor reto de todas las personas que tratamos. Cuando me la presentaron estaba completamente amarrada veinticuatro horas al día. Tenía puesta la camisa de fuerza y sus piernas atadas a la cama. Esto era necesario por su comportamiento destructivo hacia si misma. Si sus manos estaban libres, trataba de sacarse los ojos, o golpearse la cabeza tan fuerte como era posible, se mordía los dedos y trataba de arrancarse la lengua. Estaba llena de rasguños y moretones, los ojos morados y hundidos. Era incontinente y se negaba a comer. Se le alimentaba por vía intravenosa, se veía como si la hubieran golpeado, hambrienta, salvaje y como si tuviera ochenta años. No hacía contacto visual y no respondía a ningún estímulo físico, trataba de hacer sonidos guturales y escupir pero sin éxito ya que estaba tan exhausta. El médico de cabecera sintió que tal vez moriría. Todas las drogas habían sido tratadas. Era aterrador pensar en el tratamiento con LSD ya que preocupaba su condición física y se temía por su vida y que muriera durante la sesión. Nancy fué nuestra primera paciente y la actitud del médico era esencialmente que ella iba a morir de cualquier forma, así que tratarla con LSD era la alternativa, porqué ya no había nada mas. Tuve miedo de que esta fuera nuestra primera y última sesión con LSD.
Se le administraron 200 microgramos de LSD. La sesión fué larga y tumultuosa. Luego de 30 minutos comenzó a gritar intensamente. Por un momento paró y murmuró, “Lo siento” y comenzó a gritar nuevamente. Se veía petrificada, hizo movimientos bruscos y miraba furtivamente a su alrededor como si tratara de evitar ser atacada. Comenzó a verbalizar “Gary, abrázame fuerte, abrázame fuerte, abrázame”. Luego gritaba “Mami, ay, duele, ay!” Ella entraba y salía de contacto con sus alrededores. Se mantuvo extremadamente agitada y asustada, alternativamente gritando vehementemente con gruñidos de animal. Después de este comportamiento violento y gritos, exasperada y exhausta le pregunté “¿Cuanto tiempo vas a gritar” ella se calmó, se puso quieta y callada, me miró directamente a los ojos y dijo suavemente “Voy a estar con mi dolor por un gran período de tiempo, así que déjame sola”. Ella comenzó a gritar otra vez.
La siguiente sesión fué muy diferente. Desarrolló un apetito voraz, hablaba mucho con el personal y no estuvo restringida con la camisa de fuerza. Cuando iba a un restaurante, miró y dijo con asombro “Dios mío, mira eso, están comiendo, ¡qué lindo!” Ella extendió su mano y dijo “Déjenlos comer”. Después, durante el día le dijo a alguien del staff “Fuimos a ver al Dr. Fisher, Gary, ¿no es así?… me hicieron una prueba y salí bien”
La siguiente sesión, una semana después, ella estaba muy dispuesta a colaborar, diciéndome temprano en la mañana “Vamos a comenzar de una vez”. Ella comenzó a comunicarse verbalmente y la mayor parte del tiempo tuvo una regresión a un conflicto que tuvo con su abuelo. Era obvio que estaba reviviendo un trauma sexual, gritaba “No abuelo, no, no me puedo quedar así, no puedo hacerlo, duele abuelo, duele, adiós abuelo, adiós, no tengo que hacerlo” Entonces se quedaba callada. Luego comenzó a atacarse y tuvo que ser contenida.
Las siguientes sesiones se caracterizaron por extremo conflicto sobre dolor y placer, en gran medida de naturaleza sexual. En sus regresiones evidenciaba marcado placer sexual/sensual, riéndose y diciendo “No lo hagas, oh querido no es justo, oh querido ya no, ya no. Nos van a matar. No más. Ámame ámame”. Luego ella alternaba entre reacciones de miedo y angustia, se agitaba y se atacaba a si misma. Cuando la controlaba el personal, ella mordía, escupía y los arañaba. Este alternar entre indulgencia y conflicto duraba por horas.
Después de cinco sesiones, el comportamiento de Nancy cambió totalmente. Quería interactuar mucho con el personal, demandó mucha atención y se ponía celosa de otros niños que recibían atención. Se puso a dar órdenes a otros niños a su alrededor y tomó una actitud de mando. No lastimaba a los niños, sólo quería demostrar que ellos eran inferiores y que ella sabía lo que era mejor para todos. Cuando otro niño iba a tener su sesión, ella quería asistir al cuarto de tratamiento y cuando la sacaban, se ponía verbalmente agresiva, no así físicamente.
Una vez que le dijeron que no podía tener una “prueba” (su palabra para decir sesión) cuando ella lo quisiera, ella dijo “Oh, entonces vamos al cuarto y hablemos”.
Una vez allí, ella se acostaba en el sofá, cerrando sus ojos, nos decía que estuviésemos callados. Yo fui ahí, la levanté y la senté en mi silla y me acosté en el sofá. Ella se indignó mucho y me dijo “Tu no necesitas ayuda, yo si. Yo quiero la prueba”. Comenzó a evidenciar comportamiento que indicaba que consideraba que tener la sesión era un privilegio. Se comportó muy bien cuando le dijeron que ella iba a tener la siguiente sesión, ayudó a otros niños, siendo muy educada y limpia, sonriendo y portándose encantadora. Antes de la séptima sesión un miembro del staff, Van, le preguntó que es lo que vería en su siguiente “prueba”, ella replicó “A Dios y a Van”. Él rió y le preguntó como sabía la diferencia. Muy seriamente le dijo: “Yo te mostraré, tu ves allí y te mostraré” Van preguntó “¿Donde va a ser eso?” Ella replicó incrédula “Bueno, en el cuarto de visitantes (las sesiones se llevaban a cabo allí) Es el único lugar donde puedes ver a Dios”.
Durante las siguientes sesiones, el comportamiento de Nancy se tornó callado, quería siempre estar en contacto con algún miembro del personal, especialmente alguno de los hombres. Le tomaba la mano y acariciaba su cara, sonreía y cantaba suavemente. Quería que la consintieran y no ser interrumpida. Al salir de la sesión se portaba usualmente estresada, lloraba y comenzaba a morder suavemente. Cuando le decían que no lo hiciera, lamía y besaba. Después de cinco meses de tratamiento nos enfocamos en su comportamiento auto destructivo. Sentimos que ya no era psicótica y que estaba empleando el golpearse a si misma como una forma de manipular y controlar al personal para obtener lo que ella quería en determinado momento. Esta era una forma de obtener atención inmediata, era claro que ella quería ser el único foco de atención, amor y cariño. Decidimos que cada vez que se golpeara la pellizcaríamos o le pisaríamos los dedos de los pies, y si estábamos afuera la tomábamos y corríamos hasta que estuviera exhausta. Ella se indignaba muchísimo y casi desechó por completo el comportamiento autodestructivo. En una ocasión comentó, “Bueno, no puedo engañar al personal de la mañana, pero todavía puedo engañar a los de la noche”; yo la miré directamente y su boca se abrió totalmente como si dijera “Oh, no debí haber dicho eso”. Esa noche me reuní con el personal nocturno y Nancy se sentó en el mitin con nosotros, les dije lo que había expresado y claramente expuse como todos debían comportarse, igual que los de la mañana. Me miró con dagas en los ojos, pero sabía muy bien que estaba atrapada. Comenzó entonces a poner pequeñas piezas de papel en sus manos, diciéndonos que el papel la prevenía de golpearse. Cuando la veíamos con un pedazo de papel en su mano la provocábamos con la mirada a hacer algo, ella decía “Maldita sea” y ya sea que recogía el papel o se alejaba. Luego dejó el papel y comenzó a llevar Kleenex, ella decía “Oh, tengo tos” o “Mi nariz está escurriendo y los necesito”, sólo la mirábamos y musitábamos “¿Ah, si?, ya lo creo” y la veíamos como diciendo “¿Que me crees tan tonto?” Al final dejó la rutina de los Kleenex. La persona que estaba trabajando principalmente con ella tuvo que irse al fin del quinto mes del tratamiento y esto la afectó mucho. Su respuesta fué sorprendentemente madura, se deprimió, triste y en duelo lloró mucho. No se lastimó ni atacó a otros. Otro estudiante masculino del personal de tratamiento, a quien ella conocía bien, tomó el lugar de la otra persona y Nancy agradeció mucho las atenciones que recibía de él. Se sentía frustrada por su falta de vocabulario para describir sus sentimientos. A veces sólo lo abrazaba y se quejaba por su pérdida.
Comenzó entonces a asistir a la escuela medio día y se ajustaba al medio. Era difícil para ella compartir la atención de los adultos con otros niños de su edad que no eran tan sofisticados como ella. Era muy brillante y nunca se perdía de nada. Comenzó a mostrarse afectiva y tierna, le gustaba que la tocaran, y sonreía felizmente por grandes períodos de tiempo. Dejó su comportamiento autodestructivo por completo y quería identificarse con el personal de tratamiento y quería ser incluida en el grupo de los adultos. Desgraciadamente se aburría por falta de estímulos en el hospital.

Jeannie
Jeannie era una niña que, al verla inicialmente, vivía en un mundo totalmente encapsulado. Su comportamiento era hiperactivo, gritando una insignificante frase: “Ensalada mundial”, acompañada de violentos ataques contra cualquier persona que se acercara a su espacio personal. Se ponía a actuar en un estado tal de frenesí maniático que caía exhausta físicamente. Durante su tratamiento con terapia psicodélica, Jeannie experimentó un número de fenómenos trascendentales que establecieron su recuperación de la psicosis.
A pesar de ser ciega, atormentada con una degeneración congénita de la cadera y las rodillas y criada por una madre totalmente psicótica, esta niña superó una insanidad completa en el devastador, estéril y caótico medio ambiente del hospital, para llegar a ser una de las niñas más dulces, amorosas, compasionadas y corajudas personas que este autor jamás haya visto. Si Jeannie hubiera tenido la oportunidad de continuar sus sesiones en un medio ambiente benigno, seguro y nutritivo pudo haber llegado a ser un ser humano funcionando con excelencia. Nuestra experiencia con esta niña era toda la prueba que necesitábamos para testificar el dramático uso de drogas psicodélicas para tratar los más difíciles estados psicóticos.
Es notable reportar que al menos cuatro de los niños tuvieron experiencias trascendentales identificabas y fueron capaces de comunicarnos esas experiencias. Puede ser que alguno de los otros niños haya tenido experiencias similares pero no fueron capaces de comunicarlas. Sin embargo, dada la edad y grado psicopatológico de estos niños, nos sorprendió que estas experiencias espirituales ocurrieran.

El trabajo termina
Nuestro trabajo fué terminado por el clima político que se dio luego de que el LSD llegó a las calles. Nuestro proyecto quedó terminado muy pronto a mediados de 1963 y el personal asociado con el proyecto pronto dejó el hospital. El tener que abandonar a estos niños fué una experiencia muy dolorosa para nosotros. Nos sorprendió mucho el grado de aceptación y apoyo de los niños cuando les dijimos adiós. Quisimos dar seguimiento al proyecto diez años después, pero fue en vano. La administración del hospital estaba totalmente agitada por la posibilidad de que los medios de información supieran que la terapia con LSD se hubiera llevado a cabo aquí a mediados de los sesenta, ya que en los años setenta el clima político alrededor del LSD todavía era muy hostil.
La diferenciación entre la contribución de la sustancia psicodélica con respecto de nuestra intensa, devota y cuidadosa dedicación a estos niños no era de dudarse, aunque sin embargo era algo que cuestionaban otros profesionales. Este autor ha trabajado por más de cuatro años con niños psicopáticos en los mismos lugares pero sin la droga con muy poco éxito. Los técnicos psiquiátricos del staff han trabajado con los mismos niños por muchos años, sin resultados significativos. Es sólo a través de experiencias personales con estos compuestos que uno aprecia el potencial que estos ofrecen. Sin embargo unas palabras de precaución son necesarias: estos materiales son tan potentes que la persona interesada en usarlos debe tener una intención muy clara, y necesita guías que lo atiendan y que sean viajeros experimentados en los campos de la conciencia que son revelados. Nosotros decíamos que el ingrediente mas importante es la persona que hace la experiencia. El segundo ingrediente mas importante es el guía que se sienta con esa persona.
Un punto que generalmente no se toca en la literatura es la vulnerabilidad que el terapeuta psicodélico siente y que es inherente a este trabajo. Muchas veces, incluido en los estados expandidos, está la atención que logra la persona que toma la droga es un conocimiento íntimo del terapeuta y su estado de gracia o la falta de el. El terapeuta no puede ocultar ser “visto”. Los terapeutas experimentados saben esto muy bien (y por ello la emergencia de una contra transferencia) y la vulnerabilidad de uno es total cuando se sienta con el viajero psicodélico. No anticipamos que este fenómeno fuese a ocurrir con estos niños ya que todos estaban dañados y fuera de contacto con la “realidad”. Así que nos sorprendió mucho cuando en las sesiones, ellos nos hacían bromas imitándonos y tocando nuestros puntos vulnerables. Felizmente, esto fué hecho con compasión, con humor y aceptación, pero sin embargo recibimos el mensaje. Nuestra humanidad y humildad muchas veces estuvieron a prueba y nos sorprendió la perceptividad de los niños y su habilidad para atraparnos en nuestra vergüenza teniendo nosotros tanto y ellos tan poco.
[IMG] Gary Fisher [IMG]
Reconocimientos
El trabajo invaluable del personal dedicado al tratamiento es reconocido con gratitud. Con Cowan, Bob Haynes, Phyllis Mesker, Tom Parsons, Ethel Pett, Suni Storm.
La LSD y la psilocibina para el estudio fueron donadas por la los laboratorios farmacéuticos Sandoz. Se les agradece profundamente.

Referencias bibliográficas

  • Fisher, G.; El Tratamiento Psicolítico de una Niña Esquizofrénica. Internacional Journal of Social Psichiatry; 1970, 16, 112-130.
  • Fisher, G.; Psicoterapia Para el Moribundo: Principios e Ilustraciones con Referencia Especial al Uso del LSD. Omega, 1970, 1,3-16.
  • Fisher, G. and Marlin Joyce; El Uso Psicoterapéutico de las Drogas Psicodislépticas. Voices-. The Art and Science of Psicotherapy; 1970, 5,69-72.
  • Fisher, G.; Algunos Comentarios Concernientes a los Niveles de Dosificación de Compuestos Psicodélicos para las Experiencias Psicoterapéuticas. The Psychedelic Review, 1963, 1, 208-218.
  • Fisher, G. Uso de las Drogas Psicodélicas: Consideraciones Socio-Políticas y Psicológicas. California School of Health, 1968, 4, 40-59.
Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s